El celular como anestésico emocional

Bienvenidos a este espacio. Hoy quiero compartirles algo que escuché en el consultorio. 

No son solo palabras de niños o adolescentes; son mensajes potentes que nos invitan a los adultos a mirar un poco más allá de lo evidente, a correr el velo de lo cotidiano para entender qué sucede en el mundo interno de nuestros hijos.

Una fotografía en tonos suaves de una adolescente sentada en un sofá, mirando pensativa hacia una ventana con un celular apagado a su lado.
¿Por qué los adolescentes sienten ansiedad al dejar el celular?

El celular: ¿Herramienta o anestésico?

Hace unos días, una paciente de 12 años me decía con una honestidad que desarmaba: ‘¿Por qué el tiempo pasa tan rápido cuando estoy con el celular y, cuando lo dejo un ratito, me da ansiedad?’. Esta pregunta no es aislada. Muchos adultos observan este fenómeno con una mezcla de preocupación, enojo y desconcierto. 

Pero, ¿y si en lugar de ver el celular simplemente como el «enemigo» a combatir, lo pensamos como un anestésico?

Cuando los chicos (y, aceptémoslo, también nosotros) estamos frente a la pantalla, entramos en lo que podríamos llamar un «tiempo suspendido». El flujo infinito de estímulos, algoritmos y colores organiza la atención de manera externa. 

No tenemos que hacer el esfuerzo de decidir qué mirar o qué pensar; la pantalla lo hace por nosotros. En ese estado, logramos evitar, casi sin darnos cuenta, el encuentro con nosotros mismos.

El regreso al tiempo real: El miedo al vacío

El problema surge al soltar el dispositivo. En ese preciso instante, vuelve el tiempo real. El tiempo de la espera, el tiempo de la quietud y, fundamentalmente, el tiempo del vacío. 

Ese «hambre» emocional y esos «problemas» que parecen brotar de la nada al apagar la pantalla no son efectos secundarios del celular; son realidades que ya estaban ahí, esperando agazapadas en el silencio.

Como adultos, solemos etiquetar la reacción del joven como un «capricho» o «mal humor por la tecnología». Sin embargo, esa ansiedad es la manifestación de un encuentro abrupto con sus propias angustias, dudas e inseguridades que la pantalla lograba silenciar. 

La pregunta urgente para nosotros no es cuánto tiempo pasan conectados, sino: ¿cómo estamos acompañando ese silencio que queda cuando se desconectan?

«El celular no crea la angustia; solo la pospone. Al apagar la pantalla, el adolescente se queda a solas con su propia imagen y su lugar en el mundo.»

La pantalla como escenario de identidad

Para un preadolescente o un adolescente, el celular no es solo un juguete. Es el escenario donde se juega su pertenencia social, su validación y la construcción de su identidad. 

Cuando les pedimos que dejen el dispositivo, los estamos retirando de ese «escenario público» para devolverlos a su soledad privada. Y a veces, esa soledad quema.

Lo que ellos necesitan en ese momento de transición no es una limitación técnica fría o un regaño sobre «lo mal que hace internet». Necesitan un adulto que pueda tolerar su malestar

Si nosotros, ante su angustia, reaccionamos con más nerviosismo o castigos, confirmamos su miedo: que estar sin el celular es, efectivamente, un lugar peligroso o insoportable.

Hacia una presencia que conecte

Mi invitación hoy no es a demonizar la tecnología. Sería ignorar el mundo en el que vivimos. La invitación es a preguntarnos qué estamos dejando que nuestros hijos llenen con ella. Cuando ellos se alejan de la pantalla, se acercan a ellos mismos. Y ese proceso, aunque necesario, a veces duele.

La próxima vez que veas a tu hijo dejar el celular y notes ese cambio brusco en su humor o esa inquietud motriz, intenta no juzgarlo. No lo presiones para que «esté bien» de inmediato. 

Solo estate ahí. Un simple «te veo, sé que este momento de dejar el juego o la charla cuesta, aquí estoy» puede ser la llave maestra.

Tenemos que convertirnos en ese lugar seguro donde puedan traer su angustia sin que sea transformada en una estadística de «uso de pantallas». Que sientan que, al desconectarse de la red, se conectan con nosotros de una manera mucho más profunda y real.

El regalo del silencio acompañado

El silencio no tiene por qué ser un vacío aterrador. Puede ser el espacio donde nazca una conversación que el celular jamás podrá ofrecer.

Gracias por permitirme entrar en sus hogares y reflexionar juntos sobre estos desafíos que nos plantea la crianza hoy. Nos seguimos escuchando, siempre con el corazón abierto a lo que nuestros jóvenes tienen para decirnos.


¿Sientes que la tecnología está afectando el vínculo con tus hijos o tu propia paz mental?

No tienes que transitar este camino a solas. Estoy aquí para acompañarte en un proceso de escucha y sanación.

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